INCONVENIENTES DE LA RIQUEZA
Un compañero de la universidad escribió un extraño relato que tiene moraleja. Estudió con esfuerzo Económicas, era deportista y ambicioso. Por razón que no viene a cuento, otro compañero de facultad, alto cargo de un banco importante le hizo una confidencia sobre una empresa en crisis cuyo conocimiento le supuso ganar en bolsa una pequeña fortuna. Además realizó operaciones con divisas en el extranjero, lo que incrementó su patrimonio, surgiéndole amigos por todas partes; al principio extrañado, pero como en el nuevo entorno social hizo buenos contactos, aprovechó oportunidades de negocios, se arriesgó y ganó hasta convertirse en un personaje en Neguri. Pero a medida que se enriquecía se sentía más infeliz, pues se separó de su mujer, se casó otra vez, para terminar solitario, pero popular en la high society. Los guardaespaldas más que protegerle, le agobiaban. Empezó a pesarle la soledad, pues sus hijos rechazaban trabajar en sus empresas.. Decidió “arruinarse” porque a pesar de su fortuna y su vida disipada mantenía ciertos principios que recibió de su familia. Se dedicó a inversiones de riesgo: concedió préstamos a sabiendas de que no podrían devolvérselos o apoyando movimientos pacifistas o nacionalismos de izquierdas.. No tenía ganas de vivir. Tuvo mala suerte, pues casi todos los negocios de riesgo en los que participó se recuperaban porque su sola presencia era suficiente para que otros inversores participaran y al final se convertían en rentables, agravando su estado anímico, pues su patrimonio crecía, con la sensación, además, de arrepentimiento porque le parecía injusto su enriquecimiento. Uno de sus hijos era montañero como él de joven. Un verano le propuso hacer el Aneto durmiendo en La Renclusa. Aceptó sorprendido. En el refugio y después de cenar, cuando admirando las estrellas envueltos en el forro polar, junto al nevero, le pregunta: “Aita, por qué me has invitado a esta excursión?”, le responde: “Y tú, por qué crees? Porque has visto has creído. Dichosos los que sin ver creen”, Su hijo no entendió la cita evangélica, pero se sintió feliz porque había recuperado a su aita, pues su secretaria, Muskilda, era su novia y le había contado las “aventuras de su aita por enriquecerse y el fracaso por arruinarse”.
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